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El piragüismo español cambia de canal


Alemania, que inspiró a John Le Carre y su personaje Markus Wolf, es terreno abonado para el espionaje. A su manera, sin la pomposidad de las novelas, los Mundiales de piragüismo en Duisburgo, la ciudad destruida por los bombardeos en la II Guerra Mundial, también es un juego de traiciones curioso. Alemania -que no come el rancho que sirven en el comedor oficial de piragüistas- invita a España al hangar de al lado y lo que parece un reconocimiento se termina convirtiendo en una treta para tenerlos cerca, enseñar su poderío naval y observar sus movimientos.

Pero el contraespionaje también se da y España, que tiene otro Marcus, aunque se apellida Cooper y no le apodan Misha, también trae su bloc de notas para ver qué puede rascar de la hidrodinámica alemana, apoyada en el FES, el Instituto de investigación y desarrollo del deporte alemán, que tiene más de 50 años de historia y en el que trabajan más de 35 ingenieros en un abanico que va de la Fórmula 1 a la canoa, pasando por el bobsleigh. “Nuestro deporte se mueve por subvenciones y hay que adaptarse a esas líneas. A mí no se me ocurriría decirle al CSD qué pautas habría que marcar”, contesta Javier Hernanz, el presidente de la Federación Española.

El asturiano, doble piragüista olímpico, mira al pasado y el presente le resulta privilegiado. “Se está trabajando bien desde el Gobierno en el área de I+D, que tantas veces hemos reclamado. Nosotros este último año hemos desarrollado mucho los análisis de datos y en la implantación de sistemas que reduzcan las carencias que teníamos cuando salía un talento y conseguía buenos resultados sin saber muy bien el porqué”.

Ayudados por el programa ‘Team España’, los avances esta temporada han sido notables. En Duisburgo, la escuadra nacional ha traído dos rodillos para recuperación, una piscina de crioterapia y el K4 masculino, que es el buque estrella, ha añadido un timón en el que las algas no se enredan. “Pero también hace las veces de orza”, revela Cooper. “Hasta Río 2016 no se permitía el timón con parte móvil, pero allí hubo tantas algas que han cambiado las reglas”, incide Ekaitz Saies, director deportivo.

Junto a 37 piragüistas están en Duisburgo un equipo de analistas de datos en los que los técnicos reciben cada día un detallado estudio de cada una de las pruebas. “Se estudia el mapa de calor, la gráfica de desviación, el tiempo de carrera, velocidad media, máxima, en qué distancia se alcanzó, ritmo de paladas…”, explica Jaume Mestre delante del ordenador. “Luego hay recopilatorio de gráficas mezclando ritmo de paleo y velocidad, la aceleración y desaceleración…”

Los datos los recoge un anemómetro en el muelle y el Wimu, un aparato muy extendido en el deporte, desarrollado en Almería hace más de una década en su fase alfa, del tamaño de un paquete de tabaco, que puede facilitar 20.000 datos y 250 posiciones a través de ondas y con el que se pueden extraer conclusiones tan diversas como que Carlos Garrote, con el K1 200, fue el más rápido del estadio el jueves con una velocidad punta de 27,3 km/h o que la desviación, producto del paleo de un canoísta respecto a la línea recta perfecta puede ser de 1,5 metros.

El trabajo es exhaustivo -“van a competiciones nacionales e internacionales”, aclara Saies- y luego se comparten de forma remota. “De los datos del gps y el giroscopio se sacan conclusiones como qué partes de la estrategia de carrera se pueden optimizar los recursos energéticos, cómo lograr que la embarcación tenge menos deriva a los lados o cómo puede ser más eficaz el desplazamiento”, remata el director deportivo.

“Si a eso le añades el personal humano, los fisioterapeutas, los nutricionistas, la ropa inteligente de Austral… Es que no nos podemos quejar de casi nada. No tenemos la inversión de Alemania, pero hay andamos pegados a ello”, concluye Hernanz casi como un milagro.





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